Si se pierde la batalla del corazón también se pierde la batalla por el Reino, decíamos ayer. Ambas batallas perdidas nos llevan a destrozar lo que a Dios tanto le ha costado: la vida humana y la vida del planeta.

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ENERO
Sábado
3ª Semana Ordinario
Pedro Nolasco, fundador (1258)


2Sm 12,1-7a.10-17: «He pecado contra el Señor»

En aquellos días el Señor envió a Natán donde David. Entró Natán ante el rey y le dijo: «Había dos hombres en un pueblo: uno rico y otro pobre. El rico tenía muchos rebaños de ovejas y bueyes; el pobre sólo tenía una oveja pequeña que había comprado; la iba criando, y ella crecía con él y con sus hijos, comiendo de su pan, bebiendo de su vaso, durmiendo en su regazo: era como una hija. Llegó una visita a casa del rico, y no queriendo perder una oveja o un buey, para invitar a su huésped, tomó la oveja del pobre y convidó a su huésped». David se puso furioso contra aquel hombre, y dijo a Natán: «¡Por la vida de Dios, que el que ha hecho eso merece la muerte! No quiso respetar lo del otro, pagará cuatro veces el valor de la cordera». Entonces Natán dijo a David: «¡Ese hombre eres tú!». El Señor hirió al niño que la mujer de Urías había dado a David, y cayó gravemente enfermo... David pidió a Dios por el niño, prolongó su ayuno y de noche se acostaba en el suelo. Los ancianos de su casa intentaron levantarlo, pero él se negó, ni quiso comer nada con ellos.


Sal 51: «Oh Dios, crea en mí un corazón puro»


Mc 4,35-41: ¿Aún no tienen fe?

Aquel día al atardecer Jesús dijo a sus discípulos: «Pasemos a la otra orilla». Ellos despidieron a la gente y lo recogieron en la barca tal como estaba; otras barcas lo acompañaban. Se levantó un viento huracanado, las olas rompían contra la barca, que se estaba llenando de agua. Él dormía en la popa sobre un cojín. Lo despiertan y le dicen: «Maestro, ¿no te importa que naufraguemos? ÉI se levantó, increpó al viento y ordenó al mar: «¡Calla, enmudece!» El viento cesó y sobrevino una calma perfecta. Hoy les dijo: «¿Por qué son tan cobardes? Aún no tienen fe?». Llenos de temor se decían: «¿Quién es éste, que hasta el viento y el lago le obedecen?»...


Comentarios

Si se pierde la batalla del corazón también se pierde la batalla por el Reino, decíamos ayer. Ambas batallas perdidas nos llevan a destrozar lo que a Dios tanto le ha costado: la vida humana y la vida del planeta. Actualmente, hasta lo más básico, la subsistencia alimentaria y la salud, se ponen en peligro. David puso en peligro no sólo su reino sino también la continuidad de su descendencia. Cuando el corazón se desvía, se desvía todo. Por algo nos lo recuerda Proverbios 4,23: «Por encima de todo, guarda tu corazón, porque de él brotan las fuentes de la vida». Frente a las tormentas de la vida un corazón vacío por estar lleno de mezquinos intereses o por no estar enamorado del Reino puede sentirse naufragar y sin rumbo; pero la presencia de Jesús y la fe en Él nos puede sostener. Ante las tormentas, la clave siempre será la pasión por Jesús y por su causa, el Reino. O la sola convicción interior de sabernos en sus manos.

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